No te pido grandes cosas, solo que me enseñes a vivir esta etapa con un poco más de calma.
Hay estaciones que llegan sin hacer demasiado ruido. El otoño es una de ellas. Poco a poco, los días cambian, la luz se vuelve más suave y los árboles comienzan a desprenderse de sus hojas. Y mientras la naturaleza parece prepararse para el descanso, nosotros seguimos muchas veces con nuestras prisas, nuestras preocupaciones y esa costumbre de querer poder con todo.
Querido otoño:
Después de un verano en el que el calor me ha hecho las cosas especialmente difíciles, llegas con la promesa de días más suaves y temperaturas que, ojalá, me permitan recuperar un poco de tranquilidad.
Han sido meses de tener que escuchar a mi cuerpo, de adaptarme a sus límites y de renunciar a momentos que me habría gustado disfrutar de otra manera. La disautonomía ha hecho que algo tan sencillo como soportar el calor se convierta, en ocasiones, en un verdadero desafío.
Por eso, esta vez no te pido grandes cambios ni que me traigas respuestas para todas mis preguntas.
Solo quisiera que tus días me enseñaran a ir un poco más despacio.
Que me ayudaras a comprender que no siempre tengo que estar bien, que también está permitido sentirse cansada y que descansar no significa rendirse.
Me gustaría aprender de tus árboles, que dejan caer sus hojas sin miedo a quedarse desnudos. Quizá ellos sepan algo que a nosotros nos cuesta tanto entender: que soltar también forma parte de la vida.
Quiero disfrutar de las pequeñas cosas. De una tarde tranquila, de una conversación sin mirar el reloj, de una taza caliente entre las manos o de esos momentos en los que, sin que ocurra nada extraordinario, sentimos que estamos justo donde necesitamos estar.
No te pido que desaparezcan las dificultades ni que todos los días sean buenos. Sé que la vida no funciona así.
Pero ojalá me ayudes a mirar lo que tengo delante con un poco más de paciencia. A no vivir pendiente de lo que todavía no ha llegado y a valorar aquello que, por estar tan cerca, a veces dejo de ver.
Y si durante este otoño hay días grises, que no me falte la esperanza. Que sepa encontrar un poco de luz incluso cuando el cielo esté cubierto.
Porque quizá no se trate de esperar a que todo cambie para sentirnos mejor. Tal vez se trate de aprender a encontrar pequeños motivos para estar en paz mientras la vida sigue su curso.
Querido otoño, no necesito que seas perfecto.
Solo quiero aprender a caminar contigo, sin tantas exigencias, sin tener que demostrar nada y con el corazón un poco más ligero.
Y si al llegar el invierno descubro que he aprendido a soltar alguna preocupación, a disfrutar de un instante sencillo o a tratarme con un poco más de cariño, entonces habrá merecido la pena.
Porque a veces, lo que más necesitamos no es que la vida nos regale algo extraordinario, sino encontrar un poco de calma en medio de todo lo que ya vivimos.

Gracias por detenerte un momento. Ojalá estas palabras hayan encontrado un lugar en tu corazón.
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