El tiempo que tenemos delante
Aprender a vivir la estación en la que estamos, sin dejar la vida para después.
Vivimos muchas veces pensando que habrá tiempo para todo: para llamar, para abrazar, para empezar aquello que llevamos tanto tiempo posponiendo. Pero el tiempo no se detiene ni nos avisa. Quizá aprender a mirar cada etapa como una estación nos ayude a dejar de correr detrás de lo que ya pasó y a cuidar un poco más el día que tenemos delante.
Hay algo curioso en la manera en que vivimos.
Muchas veces caminamos por la vida como si el tiempo fuera algo que nos perteneciera. Como si siempre hubiera un mañana para hacer esa llamada, para visitar a alguien, para dar un abrazo, para comenzar aquel proyecto que llevamos tanto tiempo dejando para después.
Decimos: Ya lo haré, cuando tenga tiempo, más adelante.
Y seguimos caminando.
Hasta que un día comprendemos que el tiempo no avisa cuando decide cambiar de estación.
En Japón existe una forma de mirar la vida que siempre me ha parecido hermosa: entender que cada estación tiene su momento.
La primavera no intenta ser verano, el otoño no se enfada porque sus hojas comienzan a caer, el invierno no tiene prisa por convertirse en primavera.
Cada cosa sucede cuando le corresponde. Y quizá nosotros también necesitemos aprender a vivir así.
Aceptar que hay momentos para comenzar, otros para detenerse, algunos para avanzar y otros, simplemente, para descansar.
No todo tiene que ocurrir ahora.
Pero tampoco podemos vivir esperando eternamente ese momento perfecto que quizá nunca llegue.
A veces pasamos demasiado tiempo mirando hacia atrás, pensando en lo que fuimos, en lo que hicimos o en aquello que nos hubiera gustado hacer de otra manera.
Otras veces vivimos demasiado deprisa, esperando que llegue ese futuro en el que, por fin, tendremos tiempo para vivir como queremos. Y mientras tanto, el día de hoy pasa silenciosamente delante de nosotros.
Quizá por eso la pregunta no debería ser siempre: ¿Cuánto tiempo me queda?
Tal vez podríamos preguntarnos: ¿Qué quiero hacer con el día que tengo hoy?
Porque este día, aunque parezca uno más, no volverá a repetirse. El tiempo no solo nos quita, también nos transforma.
Nos regala experiencia, nos enseña a distinguir lo importante de aquello que un día creímos imprescindible y, con los años, quizá nos ayuda a dejar de demostrar quiénes somos para empezar, sencillamente, a serlo.
Cada etapa tiene su propia belleza, la juventud tiene sus sueños y su impulso, la madurez trae preguntas distintas.
Y los años vividos pueden traer algo que no se aprende de ninguna otra manera: la capacidad de mirar ciertas cosas con más calma.
Envejecer no debería ser solamente contar los años que pasan, también puede ser reconocer todo lo que esos años nos han enseñado.
Quizá el verdadero error no sea hacerse mayor, quizá sea seguir aplazando la vida pensando que siempre habrá otro momento.
Otro día, otra oportunidad, otro , ya lo haré.
Y mientras esperamos, la vida sigue sucediendo.
Por eso hoy quiero recordar algo sencillo: no tenemos que vivir todos los días haciendo grandes cosas.
A veces basta con estar, con llamar a alguien que queremos, con dar ese abrazo que llevamos días pensando en dar.
Con salir a caminar, escuchar una canción, contemplar el cielo o sentarnos tranquilamente a tomar un café. Con agradecer aquello que todavía tenemos.
Porque vivir el presente no significa olvidar el pasado ni dejar de soñar con el futuro.
Significa no permitir que ninguno de los dos nos robe el día que tenemos delante.
El tiempo seguirá pasando, no podemos detenerlo. Pero sí podemos decidir qué hacemos con el tiempo que todavía está en nuestras manos.
O simplemente mirar alrededor y descubrir que, a pesar de todo, todavía hay vida sucediendo aquí, Ahora.
En este preciso instante.
Y quizá eso sea lo más hermoso del tiempo: que mientras siga pasando, todavía nos está dando una oportunidad.
Vive el día que tienes delante, no porque mañana no importe, sino porque el hoy también merece ser vivido.







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