Lo que los demás dan también habla de ellos.

No todo lo que recibimos de los demás tiene que convertirse en una herida

A veces las palabras y las actitudes de otras personas consiguen hacernos dudar de nosotros mismos. Empezamos a preguntarnos si hicimos algo mal, si no somos suficientes o si quizá merecemos aquello que estamos recibiendo. Pero no todo lo que alguien nos da habla de quienes somos. Cada persona lleva dentro su propia historia, sus heridas, sus valores y su manera de mirar a los demás. Y aprender a distinguir lo que pertenece al otro de lo que realmente nos pertenece también es una forma de cuidar nuestra paz.


Hay cosas que nos dicen los demás y que se quedan dentro de nosotros, más tiempo del que deberían. Una palabra que dolió, un desprecio que no esperábamos, una indiferencia que nos hirió. Una crítica que nos hizo dudar, una actitud que nos dejó preguntándonos qué hicimos para merecerla.

Y entonces empezamos a darle vueltas.

¿Qué hice mal?

¿Por qué me trata así?

¿Qué tiene contra mí?

A veces buscamos la explicación en nosotros mismos. Pero esa explicación no está en lo que hacemos, sino en lo que siente quien nos habla.

Cada persona da desde el lugar donde está. Desde lo que ha vivido, desde sus heridas, sus miedos, sus inseguridades, sus carencias, sus valores. También desde cómo ha aprendido a enfrentar la vida.

Hay personas que saben dar cariño porque han aprendido a cuidar, personas que saben escuchar porque conocen bien el valor de ser escuchadas.

Personas que, aunque hayan sufrido, decidieron no hacer sufrir a otros. Y también hay personas que dan dureza, desprecio, indiferencia o palabras que hieren.

No porque nosotros las merezcamos, sino porque eso es todo lo que tienen para dar.

Entenderlo puede ayudarnos a dejar de ver cada actitud ajena como un juicio sobre nuestro valor. Que alguien no sepa apreciarnos no significa que no tengamos valor.

Que alguien no sepa querernos como necesitamos no significa que no seamos dignos de amor. Que alguien nos trate mal no significa que ese trato define quiénes somos.

Podemos comprender de dónde viene una actitud y, al mismo tiempo, poner límites. Podemos tener compasión sin quedarnos donde nos hacen daño.

Podemos dejar de tomar ciertas cosas como algo personal sin dejar de reconocer lo que no queremos aceptar en nuestras vidas.

Porque tal vez una de las formas más bellas de proteger nuestra paz sea aprender a separar lo que le pertenece a los demás de lo que nos pertenece a nosotros.

Sus palabras son suyas, sus decisiones son suyas, su forma de tratar a los demás habla de ellos.

La nuestra hablará de nosotros.

Y quizás ahí esté una de las grandes libertades que podemos aprender: no tenemos que devolver todo lo que recibimos.

Si alguien nos ofrece amargura, no estamos obligados a convertirnos en amargura. Si alguien nos trata con indiferencia, no tenemos que dejar de sentir.

Si alguien intenta hacernos pequeños, no tenemos que empequeñecernos para encajar en su mirada.

Podemos simplemente respirar, tomar distancia y recordar quiénes somos. Porque al final, cada persona da desde su propia riqueza o pobreza interior.

Y nosotros también elegimos desde dónde queremos dar.

Quizás no podamos decidir lo que los demás llevan dentro. Pero sí podemos decidir qué dejamos entrar en el nuestro.

No permitas que la versión que alguien construya de ti termine convirtiéndose en la versión que tú crees de ti mismo.

Cada persona da desde su propia riqueza o pobreza interior.

A veces necesitamos recordar precisamente eso: la mirada de otra persona no determina nuestro valor.


Gracias por detenerte un momento. Ojalá estas palabras hayan encontrado un lugar en tu corazón.

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