Cuando el silencio también es una respuesta.

 Hay silencios que incomodan más que mil palabras.

Hay momentos en los que responder ya no es necesario. No porque no tengas nada que decir, sino porque llega un momento en el que entiendes que tu paz también merece ser protegida.


Durante mucho tiempo podemos sentir la necesidad de explicar, de defendernos, de hacer que los demás comprendan nuestra versión de las cosas. Queremos que sepan lo que sentimos, lo que hemos hecho y todo aquello que hemos tenido que soportar.

Pero no siempre nos van a escuchar.

Y seguir intentando que alguien entienda lo que no quiere entender puede terminar agotándonos.

Con el tiempo aprendes que no todas las conversaciones necesitan una respuesta, que no todas las discusiones merecen tu energía y que tener la razón no siempre significa salir ganando.

A veces, simplemente decides callar, no por miedo,  no porque no tengas argumentos.

Sino porque ya no quieres seguir gastando tu tranquilidad en aquello que no puede darte nada bueno.

Hay silencios que hablan de una manera diferente. Hablan de límites, de madurez y también de cansancio. Del cansancio de explicar una y otra vez quién eres a personas que ya han decidido cómo quieren verte.

Y entonces comprendes que no tienes que encajar en la idea que alguien haya construido sobre ti.

Eres mucho más que las etiquetas que otros quieran ponerte, mucho más que aquello que alguien dijo de ti, mucho más que una etapa difícil, una herida o un error.

No reduzcas tu historia a aquello que te dolió, todavía quedan páginas por escribir.

Todavía hay lugares que quizá no conoces, personas que aún no han llegado a tu vida y versiones de ti que todavía están por descubrirse.

Elegir la paz tampoco significa permitir que pasen por encima de ti.

A veces habrá que hablar,  a veces habrá que poner un límite. Y otras veces, quizá, lo más sano sea dejar de intentar convencer a alguien que no quiere escucharte.

Seguir adelante no significa olvidar lo que ocurrió. Hay heridas que tardan mucho en cerrar y algunas dejan cicatrices que nos acompañan durante años.

Pero llega un momento en el que aquello que pasó deja de decidir por nosotros. Y entonces empiezas a mirar hacia delante.

No necesitas una vida perfecta para poder querer la vida que tienes.

Necesitas encontrar pequeños lugares donde puedas respirar, descansar, ser tú misma y sentir que tu vida sigue teniendo sentido incluso cuando las cosas no son como habías imaginado.

Tampoco puedes evitar que algunas personas sean injustas, desconsideradas o incapaces de valorar lo que haces.

Pero sí puedes decidir cuánto tiempo quieres permanecer en lugares donde tu tranquilidad se rompe una y otra vez.

A veces marcharse no es rendirse. A veces es dejar de luchar por demostrarle a alguien algo que nunca estuvo dispuesto a ver.

Y quizá uno de los actos más grandes de amor propio sea poder decir, sin rencor y sin necesidad de hacer ruido:

Ya no quiero seguir haciéndome daño para que otros entiendan mi valor.

Para pensar: 

No todo silencio está vacío, hay silencios que ponen límites.

Silencios que cierran heridas, silencios que nos ayudan a volver a encontrarnos.

Quizá no se trate de decidir siempre entre hablar o callar. Quizá se trate de aprender cuándo merece la pena hacerlo y cuándo nuestra paz vale más que tener la última palabra.

Pregúntate:

¿Qué conversación sigues intentando ganar cuando, en realidad, lo que necesitas es recuperar tu paz?

A veces cerrar una puerta no significa perder. Significa aceptar que hay lugares en los que ya no podemos seguir siendo nosotros mismos.

Y tener el valor de marcharnos también puede ser una forma de empezar de nuevo.

          

Gracias por detenerte un momento. Ojalá estas palabras hayan encontrado un lugar en tu corazón.

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