Hay cosas que no se tejen con lana

Una historia de agujas, ovillos, cafés y esas amistades que se van tejiendo sin darnos cuenta.

Hay lugares a los que una llega pensando que va a aprender algo nuevo y de los que termina llevándose mucho más de lo que imaginaba.

Lugares donde las agujas no solo sirven para entrelazar hilos, donde un café da paso a una conversación, una risa contagia a toda la mesa y una tarde cualquiera termina convirtiéndose en uno de esos pequeños momentos que esperamos con ilusión durante toda la semana.

Esta es una historia de mujeres, de ovillos de colores y de encuentros que, vuelta tras vuelta, van tejiendo algo mucho más bonito que cualquier labor.


Dedicado con cariño a Juany, por estar siempre ahí, por abrir cada día las puertas de nuestra asociación y por seguir cuidando de ese lugar que, entre todas, hemos convertido en algo mucho más que un espacio de actividades. Hemos navegado juntas con momentos difíciles, hemos celebrado innumerables victorias, tanto grandes como pequeñas. Hemos sido el hombro en el que muchas mujeres pudieron apoyarse en sus momentos de soledad, la mano amiga que nos recuerda que ninguna de nosotras camina sola.


Los jueves tienen algo especial.

No es que el resto de la semana sea menos importante, ni que ese día suceda nada extraordinario. Pero, para un pequeño grupo de mujeres, los jueves por la tarde tiene nombre propio: toca crochet.

Poco antes de la hora, las puertas de la asociación son abiertas por Juany, la presidenta de A.MU.VA. 

 Y poco a poco las mujeres van llegando, una llega con su bolsa llena de ovillos de colores; otra, con una labor que llevaba varias semanas intentando terminar; y alguna que otra aparece diciendo que esta vez sí, que había avanzado muchísimo... aunque después nadie parece notar la diferencia.

—¡Hoy sí que termino mi manta! —anunció María nada más entrar.

Las demás se miraron y soltaron una carcajada.

—¡Eso mismo dijiste el jueves pasado, cariño! —contestó Cris mientras colocaba sus agujas sobre la mesa.

—Pues esta semana he trabajado mucho en ella.

—¿En la manta o en encontrar el momento para trabajar en ella?

Las risas llenaron la habitación antes incluso de que alguien hubiera sacado el primer ovillo.

Poco a poco, las mesas fueron ocupándose. Aparecieron las bolsas, las agujas, los patrones y aquellos pequeños ovillos que siempre parecen multiplicarse dentro de los bolsos. 

Alguien puso la cafetera al fuego y otra dejó una bandejita con un bizcocho casero en el centro de la mesa.

—Es una nueva receta que encontré por internet, luego me dicen si les gusta. 

Y así, casi sin darse cuenta, comenzaba una nueva tarde.

Entre puntos altos, puntos bajos y alguna que otra vuelta deshecha, las conversaciones iban tomando su propio camino.

Se hablaba de los hijos, de los nietos, de las compras, de alguna receta que había salido especialmente bien y de otra que, por lo visto, había terminado siendo un auténtico desastre.

También había confidencias, preocupaciones y noticias que se compartían con la confianza de quien sabe que está entre personas dispuestas a escuchar.

Porque allí nadie tenía que aparentar que todo iba estupendamente.

Cada una llegaba con su propia vida a cuestas. Algunas habían tenido una semana estupenda; otras necesitaban desconectar un poco de sus obligaciones, de las preocupaciones o de esos pensamientos que a veces no nos dejan descansar ni siquiera cuando nos sentamos tranquilamente en el sofá.

Pero durante aquellas horas había algo diferente.

Las manos estaban ocupadas, los ojos seguían el movimiento del hilo y la mente encontraba un pequeño descanso en cada nueva vuelta.

El crochet, además de ser una actividad creativa, ejercita la coordinación entre las manos y la vista, requiere concentración y atención, y mantiene activa la memoria al recordar patrones y secuencias. Pero ellas no necesitaban conocer todos esos beneficios para disfrutarlo. Los descubrían cada jueves, casi sin darse cuenta.

—¡Ay, no! ¡He vuelto a equivocarme! —exclamó Ángeles, mirando su labor con una expresión de absoluta resignación.

—¿Otra vez? contestó Ana

—No me lo recuerdes. Creo que mi lana tiene vida propia y hace lo que le da la gana.

—Pues habla con ella, mujer, que lleváis ya demasiados jueves juntas. 

—A descoser..., 

Las carcajadas volvieron a mezclarse con el sonido de las agujas.

Y mientras unas deshacían puntos, otras enseñaban orgullosas sus avances.

 Alguien pedía ayuda con un patrón, otra prestaba un ovillo que le sobraba y siempre había una dispuesta a explicar por quinta vez cómo se hacía aquel punto que parecía resistirse a entrar en la cabeza.

—Tenemos que decirle a la secretaría que nos busque patrones de cositas para Navidad.

El café se iba terminando, el bizcocho desaparecía misteriosamente y las horas avanzaban mucho más deprisa de lo que a todas les hubiera gustado.

Cuando llegaba el momento de recoger, alguna todavía intentaba dar una última vuelta.

—¡Esperad, que me falta muy poquito!

—Eso no cuenta, que siempre te falta muy poquito —respondía  mientras guardaba sus agujas otra de ellas.

Y entre risas, despedidas y promesas de volver el próximo jueves, cada una regresaba a su casa.

Se llevaban sus labores, sus ovillos y algún que otro proyecto nuevo que seguramente terminaría ocupando espacio en la bolsa junto a los anteriores.

Pero también se llevaban algo que no se podía guardar en ningún cajón.

Un rato de compañía. Una conversación que necesitaban. Una carcajada que quizá llevaba días esperando salir. La satisfacción de haber aprendido algo nuevo y la tranquilidad de saber que, cuando llegara el siguiente jueves, habría unas cuantas sillas ocupadas y personas esperando para compartir otra tarde.

Porque, aunque todas habían llegado allí para aprender o practicar crochet, con el tiempo habían descubierto que entre aquellas mesas se estaba creando algo mucho más valioso.

No se veía en los patrones, no necesitaba agujas especiales y tampoco se podía comprar en ninguna mercería.

Era la amistad que iba creciendo vuelta tras vuelta, la confianza que se construía conversación tras conversación y el cariño que aparecía cuando alguien se interesaba sinceramente por cómo te había ido la semana.

Y quizá esa era la labor más bonita de todas.

Porque hay cosas que se tejen con lana, otras con hilo de algodón y algunas, las verdaderamente importantes, se van tejiendo con tiempo, risas, pequeños gestos y personas que hacen que nuestros días sean un poquito mejores.

Al final, no siempre importa cuánto hayas avanzado en tu labor. A veces lo verdaderamente hermoso es todo lo que has compartido mientras la tejías.

Hay personas que mantienen las puertas abiertas y otras que, aunque no podamos estar físicamente, seguimos poniendo el corazón para que nunca se cierren. 

Gracias compañeras por las tardes compartidas, espero verlas pronto. 

 Ojalá estas palabras hayan encontrado un lugar en tu corazón.