La cajita azul donde cabía mi mundo

Los recuerdos que nos hicieron ser quienes somos y el horizonte que aún nos espera.

Hay tesoros que no brillan, caminos que solo comprendemos al mirar atrás y ventanas que nos recuerdan que la vida todavía guarda horizontes desconocidos.

Crismi tenía una pequeña cajita azul donde había ido reuniendo fragmentos de su historia. Cada objeto guardaba un recuerdo, una huella, una parte de la mujer que había sido. Pero un día, al abrirla, descubrió que aquella cajita no solo hablaba de su pasado…También le recordaba que aún quedaban páginas en blanco, caminos por descubrir y una ventana abierta hacia todo lo que todavía podía llegar.


Los caminos que vivimos y el horizonte que aún nos espera

Crismi tenía una pequeña cajita azul que, a simple vista, no parecía guardar nada extraordinario.

No contenía joyas valiosas ni grandes tesoros. Dentro había objetos pequeños, algunos sencillos, otros cargados de recuerdos. Sin embargo, cada vez que levantaba la tapa, sentía que estaba abriendo una puerta a su propia historia.

Porque hay cosas que no se miden por lo que cuestan, sino por todo lo que despiertan dentro de nosotros.

En una esquina descansaba un pequeño árbol de la vida. Sus raíces le recordaban a la mujer que había sido años atrás, a todo lo que había aprendido, a las veces que había cambiado por dentro sin que nadie lo notara. Aquel árbol le enseñaba que crecer no siempre significa hacerse más grande; a veces significa echar raíces más profundas y aprender a sostenerse de otra manera.

Cerca de él había una pequeña cámara.

Crismi sonrió al verla. Durante mucho tiempo le había gustado fotografiar los atardeceres, aquellos cielos que parecían despedir el día con una promesa de belleza. También guardaba fotografías de sus paseos y de los caminos recorridos, como si quisiera conservar un pedacito de cada lugar y de cada momento.

Ahora comprendía que aquellas imágenes no solo mostraban paisajes. También hablaban de ella, de sus pasos, de su curiosidad y de aquella manera tan suya de detenerse a mirar mientras el mundo seguía deprisa.

Entre los objetos encontró unas pequeñas piedras.

Las tomó entre los dedos y recordó algunos tramos de su vida en los que el camino se había vuelto difícil. Hubo obstáculos que tuvo que superar sin saber muy bien qué encontraría al otro lado. Con el tiempo, algunos de aquellos caminos la llevaron a lugares mejores, a personas, experiencias y descubrimientos que nunca habría imaginado.

No pensaba que todas las piedras aparecieran por alguna razón, ni que cada dolor necesitara convertirse en una lección. Había cosas que simplemente dolían. Pero también había aprendido que una dificultad no siempre era el final del camino y que, a veces, después de mucho esfuerzo, la vida todavía guardaba una sorpresa amable.

Junto a las piedras había unas ramitas de lavanda y un pequeño frasco de aceite de romero. Eran detalles sencillos, casi insignificantes para quien no conociera su historia, pero que le hablaban del cuidado cotidiano, de esos pequeños gestos con los que había aprendido a atenderse y a escuchar lo que necesitaba.

Crismi ya no recorría la vida al mismo ritmo de antes. Había días en los que debía detenerse más, renunciar a algunos planes o aceptar que su cuerpo necesitaba cosas que antes ni siquiera se planteaba. No siempre era fácil. Había momentos en los que echaba de menos a aquella mujer que podía hacer tantas cosas sin tener que pensarlo.

Pero no quería que los límites de su presente borraran todo lo demás que seguía siendo.

Porque ella continuaba siendo la mujer que se emocionaba ante un cielo bonito, que encontraba palabras para expresar lo que otros apenas sabían decir, que disfrutaba de una taza de té y que podía pasar un buen rato buscando la forma de convertir una idea en una historia.

Por eso, entre los tesoros de su cajita también había libros, plumas, tazas pequeñas y rosas azules.

Las rosas eran su símbolo. Quizá porque le recordaban que no todo lo hermoso tiene que parecerse a lo que esperamos, y que hay cosas que encuentran su propia manera de florecer.

Crismi había descubierto que, aunque algunas puertas de su vida se hubieran cerrado, todavía podía abrir otras. Tal vez ya no fueran las mismas de antes, ni condujeran a los lugares que había imaginado, pero también podían llevarla a encuentros inesperados, a nuevas palabras y a formas distintas de compartir lo que llevaba dentro.

Entonces volvió a mirar la cajita.

Había algo que le llamó la atención y que, aunque siempre había estado allí, aquel día pareció revelársele de otra manera: la ventana que aparecía en la tapa y aquella pequeña fotografía de un horizonte que guardaba en su interior.

La cajita contenía su pasado, sí. Los caminos recorridos, las cosas que había amado, las dificultades que había atravesado y los pequeños tesoros que había ido recogiendo a lo largo de los años.

Pero aquella ventana parecía recordarle algo importante.

Su historia no terminaba en lo que ya había vivido.

No sabía qué encontraría al otro lado del horizonte. Tampoco necesitaba saberlo. Había aprendido que la vida no siempre avisa de sus cambios y que hacer planes no garantiza que los caminos permanezcan intactos.

Quizá el futuro no le devolvería todo lo que había perdido. Quizá habría días difíciles y otros en los que una pequeña alegría llegaría sin anunciarse. Pero todavía existían páginas en blanco, palabras por escribir, momentos por descubrir y personas a las que podía llegar con aquello que sabía hacer: mirar la vida con sensibilidad y encontrar una manera de compartirla.

Antes de cerrar la cajita, Crismi dejó un pequeño espacio libre.

No quiso llenarlo con nada. Aquel hueco sería para algo que aún no conocía, para un recuerdo que todavía no había nacido, una emoción inesperada o una pequeña alegría que algún día mereciera encontrar su lugar allí.

Después cerró la tapa con cuidado y sonrió.

Su cajita azul guardaba mucho de lo que había sido, pero no pretendía encerrar su vida dentro de ella.

Porque los recuerdos pueden ayudarnos a reconocer el camino recorrido, pero no tienen por qué convertirse en el límite del camino que nos queda.

Y mientras haya una ventana abierta, aunque sea pequeña, siempre habrá un horizonte al que mirar.

Una reflexión para llevar en el corazón

A veces creemos que nuestra historia está hecha únicamente de aquello que hemos vivido. Sin embargo, somos también todo lo que todavía podemos sentir, imaginar, crear y compartir.

No siempre podemos elegir los caminos que aparecen ante nosotros, ni evitar que algunos cambien para siempre. Pero podemos procurar no cerrar todas las ventanas por miedo a lo desconocido.

Guarda tus recuerdos con cariño, reconoce las piedras que has tenido que superar y honra a la persona que has sido. Pero deja también un pequeño espacio para lo que aún no ha llegado.

Porque el pasado forma parte de nuestra historia, pero no tiene por qué escribir por sí solo todas las páginas que quedan.


Gracias por detenerte un momento. Ojalá estas palabras hayan encontrado un lugar en tu corazón.