La oruga que tenía miedo a cambiar

A veces necesitamos cambiar para descubrir en quién podemos convertirnos

Hay momentos en la vida en los que aferrarnos a lo conocido parece la opción más segura. Nos cuesta dejar atrás aquello que hemos sido, aunque en el fondo sepamos que ya no podemos seguir creciendo de la misma manera. Cambiar puede dar miedo, sobre todo cuando no sabemos qué encontraremos al otro lado. Pero quizá algunas transformaciones no llegan para quitarnos algo, sino para mostrarnos aquello que todavía no sabíamos que llevábamos dentro.


Una mañana de primavera, una pequeña oruga salió de un diminuto huevo que descansaba sobre una hoja.

No sabía nada del mundo.

Solo sabía que tenía hambre.

Así que comenzó a comer.

Comió hojas tiernas, recorrió ramas, conoció el sol y aprendió a esconderse cuando llegaba la lluvia.

Cada día crecía un poquito más.

Y cada día descubría algo nuevo.

Su mundo era sencillo, pero le gustaba.

Una rama era su casa.

Las hojas eran su alimento.

El viejo árbol era todo lo que conocía.

Hasta que un día empezó a sentir algo extraño.

Su cuerpo había cambiado.

Ya no tenía el mismo tamaño.

Ya no se movía igual.

Y, aunque no sabía por qué, sentía que algo dentro de ella estaba a punto de suceder.

—No quiero que nada cambie —pensó—. Me gusta mi vida tal como está.

Pero la naturaleza no le preguntó si estaba preparada.

Había llegado el momento.

La pequeña oruga comenzó a buscar un lugar tranquilo y seguro.

Encontró una rama protegida y allí empezó a construir, poco a poco, una crisálida.

Mientras trabajaba, el miedo crecía dentro de ella.

—¿Qué pasará cuando esté ahí dentro?

Nadie le respondió.

—¿Y si no puedo salir?

Silencio.

—¿Y si dejo de ser yo?

Tampoco hubo respuesta.

La oruga miró por última vez las hojas que había recorrido tantas veces.

Pensó en todo lo que conocía.

Y decidió que quizá era mejor quedarse como estaba.

Pero entonces recordó algo.

Desde que había nacido, todo en ella había cambiado.

Primero había sido pequeña.

Después había crecido.

Había mudado su piel.

Había aprendido.

Había avanzado.

Y cada uno de esos cambios la había llevado hasta aquel momento.

Quizá cambiar no significaba perderse.

Quizá significaba seguir creciendo.

Así que, aunque tenía miedo, entró en su crisálida.

Los días pasaron.

Desde fuera parecía que no ocurría nada.

Pero dentro estaba sucediendo todo.

La pequeña oruga estaba cambiando de una manera que ni siquiera podía imaginar.

Y llegó el día en que la crisálida comenzó a abrirse.

La luz entró poco a poco.

La pequeña criatura salió con dificultad.

Estaba cansada.

Todo le parecía extraño.

Hasta que miró hacia atrás.

Ya no era una oruga.

Tenía alas.

Grandes, delicadas y hermosas.

Al principio no supo qué hacer con ellas.

Intentó moverlas.

Una vez.

Después otra.

Tenía miedo.

Pero finalmente abrió las alas y dejó que el viento hiciera su parte.

Y voló.

Voló sobre las ramas que había recorrido tantas veces.

Sobre las hojas que habían sido su alimento.

Sobre el árbol que durante tanto tiempo había sido todo su mundo.

Y desde allí arriba descubrió algo que nunca había podido imaginar desde el suelo:

su mundo siempre había sido mucho más grande de lo que creía.

Entonces comprendió que aquello que tanto miedo le había dado no había venido para quitarle su vida.

Había venido para transformarla.

Para pensar: 

Y quizá nosotros también somos un poco como aquella pequeña oruga.

Hay momentos en los que la vida nos invita a cambiar y no sabemos qué encontraremos al otro lado.

Nos da miedo dejar atrás lo conocido.

Una etapa.

Una costumbre.

Un lugar.

Una relación.

Una forma de pensar.

Incluso una versión de nosotros mismos.

Y es comprensible.

Porque nadie puede prometernos que lo que viene será fácil.

Pero tampoco podemos saber qué puede nacer de nosotros si nunca nos atrevemos a cambiar.

Henko habla de eso.

De cambio.

De transformación.

De evolución.

De esos pequeños movimientos que, aunque al principio nos asusten, pueden terminar llevándonos a lugares que jamás habríamos imaginado.

Porque cambiar no siempre significa perder lo que somos.

A veces significa descubrir todo aquello que todavía podemos llegar a ser.

Y quizá no deberíamos tener tanto miedo de abandonar el lugar que conocemos.

Quizá deberíamos preguntarnos qué podría suceder si nos atrevemos a salir de él.

Porque la oruga no sabía que tenía alas.

Tuvo que cambiar para descubrirlas.


Gracias por detenerte un momento. Ojalá estas palabras hayan encontrado un lugar en tu corazón.

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